julio 31, 2011 Article and Chapters / Español
Mucho Más que una Respuesta a Atilio Borón
John Holloway
Somos mujeres y hombres, niños y ancianos bastante comunes, es decir, rebeldes, inconformes, incómodos, soñadores. (Subcomandante Marcos, La Jornada, 4 de agosto de 1999)
Esta afirmación simple es una bomba teórica.
I
Ve a gente común alrededor de ti. ¿Son rebeldes? Ve a la señora ahí en el supermercado. ¿Es una rebelde? Ve al hombre ahí en su coche. ¿Es un rebelde? Ve a la señora grande caminando por la calle, o esos niños regresando de la escuela. ¿Son rebeldes?
Parece absurdo. Toda esa gente se ve pacífica, haciendo sus quehaceres cotidianos. ¿Cómo podemos decir, entonces, que son rebeldes?
Para decir que son rebeldes, los tenemos que ver con ojos infrarrojos, viendo algo en ellos que no está visible desde afuera. Parecen tan calmados. Decir que son rebeldes es verlos como volcanes sofocados.
Entramos a un mundo extraño, a otra dimensión de pensamiento, en el cual todo es inestable. Las personas que son volcanes sofocados no son lo que parecen ser. Pero más que eso: no son lo que son. Están al borde de hacer erupción, de estallar. Esa mujer que va caminando tranquilamente por la calle, en realidad está en el aire, va a volar, o a caer.
La afirmación rara de que la gente común es rebelde es el núcleo de la política zapatista. Tantas veces Marcos ha contado la historia de cómo el grupo original de revolucionarios quería hablar a la gente de la Selva Lacandona del capitalismo, de la opresión y la revolución, y de cómo entonces, en lugar de hablar, aprendieron a escuchar, y descubrieron que la gente ya era rebelde. El tema se enfatiza otra vez en la imagen de los caracoles y la política de hablar-escuchar que esta imagen implica. Claro podríamos decir que con la afirmación de que la gente común es rebelde están hablando solamente de los indígenas, que los quinientos años de opresión los convirtieron en rebeldes naturales. Pero eso sería reducir el zapatismo a un movimiento indígena, implicaría pensar en los zapatistas como un “ellos” con los cuales expresamos solidaridad, pero sin sentirnos directamente interpelados. Pienso que el desafío zapatista es mucho más directo y profundo, que ellos nos están retando a mirar a la gente en la calle o en el supermercado y entender que ellos también son rebeldes, como nosotros.
La afirmación de que la gente común es rebelde, la podemos rechazar como absurda (romántica pero irreal), o bien la podemos aceptar y seguirla al mundo extraño al cual nos lleva. En este mundo, las personas son volcanes sofocados, inquietas, proyectando más allá de ellas mismas, desbordándose. En la superficie tienen una identidad, pero debajo del aspecto de la identidad está la fuerza de la no identidad. Este es el mundo del arte y de la literatura, el mundo del psicoanálisis, de la poesía y no de la prosa, del subjuntivo. Este es el mundo del pensamiento dialéctico, en el cuál, según Adorno, la presencia de “lo no-idéntico bajo el aspecto de la identidad” (1986, 13) es central, el mundo de la esperanza en el cuál el Todavía No anhelado está ya presente como fuerza motriz (Bloch, 1979).
Decir que las personas que vemos en la calle son rebeldes, aunque no se estén rebelando visiblemente en este momento, es verlas como contradictorias y divididas en contra de ellas mismas. Son rebeldes y no rebeldes al mismo tiempo. Su rebeldía es una rebeldía reprimida. Su subjetividad está contenida en este momento pero no inherentemente limitada. Al contrario: si son rebeldes, su subjetividad se está desbordando, rompiendo los límites que la contienen, es potencialmente infinita.
Implícito en la afirmación zapatista de que ellos son gente común, es decir rebeldes, está un contraste con la opinión expresada por Lenin en el ¿Qué hacer? En esta obra, Lenin mantuvo que los obreros solos podían llegar solamente a lo que él llamaba una conciencia tradeunionista, es decir que podían concebir la lucha solamente como lucha dentro del sistema capitalista. “La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchas contra los patrones, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etcétera.” (Lenin, sin fecha, 142). La conciencia revolucionaria de la necesidad de ir más allá del capitalismo tenía que ser introducida desde afuera, por los revolucionarios profesionales del partido.
Los obreros de Lenin son muy diferentes de la gente común de los zapatistas. Los obreros de Lenin son limitados, contenidos dentro de ellos mismos. Están contenidos dentro de su papel en la sociedad, están definidos. Pueden ir más allá de sus límites solamente si son llevados de la mano por gente de afuera, por revolucionarios profesionales. Hay una brecha entre las capacidades de la clase obrera y la revolución social. Esta brecha se puede llenar sólo construyendo una serie de pasos intermedios, de los cuales los dos más importantes son la construcción del partido y la toma del control del estado. Así, la revolución se concibe en términos de un número de pasos esenciales: clase obrera limitada – construcción del partido – toma del poder estatal – implementación de la revolución social.
¡Hic Rhodus, hic salta! La revolución se nos presenta como un reto aparentemente imposible. Tenemos que dar un salto gigante a otra sociedad, una sociedad que se dislumbra en la distancia, al otro lado del mar. ¿Cómo podemos realizar el salto? Para Lenin, y para el pensamiento ortodoxo en general, la respuesta es poner pasaderas. La clase obrera está limitada, pero, con la dirección de los revolucionarios, puede brincar de la playa en donde está parada (A) a la construcción del Partido (B), de ahí a la formación de alianzas con otros sujetos limitados (C), a la toma del poder estatal (D) y finalmente a la implementación de la revolución social (E). Brinca de A a B a C a D para aterrizar en E. Llega a la tierra prometida en cuatro pasos grandes. El problema está resuelto. Nada más que no lo está. Porque no funcionó así. Porque la sociedad anhelada es una isla en el cielo y no en el mar, y la única forma de llegar es volando – las pasaderas no sirven para nada.
En otras palabras, si partimos de un sujeto limitado e identificado, el camino hacia adelante se puede concebir solamente en términos de pasos limitados e identificados, pero estos pasos limitados e identificados sólo pueden conducir a una sociedad limitada e identificada (como la Unión Soviética), que no es a dónde queremos llegar. Los rebeldes no son gente limitada e identificada, son gente que desborda, que traspasa los límites, gente que niega cualquier definición o identificación. Si queremos pensar en la gente común como rebeldes, como proponen los zapatistas, tenemos que romper con la forma positivista e identitaria de pensar que conduce solamente a resultados positivistas e identitarios.
Estamos en presencia de dos lógicas bien distintas. La posición ortodoxa parte de un sujeto definido y limitado y concibe la revolución como una serie de pasos. Un tema central es él de la conciencia. El sujeto limitado no tiene una conciencia revolucionaria, por eso es necesario llevar la conciencia a los obreros. Esto implica una política de explicar, de hablar. La revolución se entiende en términos de prosa. Esto tiende a conducir a cierto estilo de escribir, en el cual el objetivo es ganar puntos en contra de aquellos que tengan otra perspectiva en lugar de discutir y expresar dudas; en lugar de escuchar, el objetivo es callar. Ya que los revolucionarios tienen que explicar, nunca pueden decir “no sé, no sabemos”. Dentro del concepto mismo de revolución está una idea de autoridad, de liderazgo, de jerarquía que encaja fácilmente con el estado y con el poder.
En la segunda lógica, el sujeto no es inherentemente limitado, sino explosivo-pero-contenido. La revolución no es cuestión de dar una serie de pasos sino de expresar la rebeldía contenida. No hay pasos intermedios. El problema no es llevar la conciencia desde afuera, sino de sacar el conocimiento que ya está presente, aunque en forma embriónica, reprimida y contradictoria. La tarea es como la del psicoanalista que intenta hacer consciente lo que es inconsciente y reprimido. Nada más que no hay ningún psicoanalista fuera del sujeto: el psicoanálisis sólo puede ser un auto-análisis colectivo. Esto implica una política no de hablar sino de escuchar, o mejor, de hablar-escuchar. El proceso revolucionario es un proceso colectivo de llegar-a-hacer-erupción por parte de los volcanes sofocados. El lenguaje y el pensamiento de la revolución no puede ser una prosa que ve los volcanes como montañas; es necesariamente una poesía, una imaginación que busca llegar a las pasiones invisibles. No es un proceso irracional, pero implica una racionalidad distinta, una racionalidad negativa que parte no de la superficie sino de la fuerza explosiva del NO reprimido. Este enfoque no implica asumir de forma romántica que la gente es “buena”, sino parte de la consideración que en una sociedad basada en el antagonismo clasista, todos estamos calados por este antagonismo, tomos somos auto-contradictorios: no hay nadie que se pueda elevar por encima de estas contradicciones para mostrarnos el camino. La única forma de avanzar es a través de la auto-articulación colectiva de nuestras psicosis.
Por un lado, la lógica del partido, por el otro la lógica es menos definida. No estoy hablando de la combustión espontanea individual, sino de una forma de organización que toma como base la rebeldía y dignidad de la gente, que pone la auto-determinación colectiva en el centro. Esta es la tradición de los consejos (o soviets). Las dos tradiciones organizativas existen en el movimiento comunista, pero la forma consejista, por su naturaleza, es menos definida, más fluida, más abierta.
El partido, como forma de organización, sigue del entendimiento inicial del sujeto como limitado, definido. El partido es una forma de organización que implica jerarquía, autoridad, orientación hacia la conquista del poder estatal.
El consejo como forma de organización es la forma que mejor expresa la percepción de que somos gente común, es decir rebeldes. El consejo es el proceso colectivo que hace posible la destilación de un Nosotros revolucionario. La diferencia entre el enfoque partidista y el enfoque consejista no es simplemente una cuestión de organización, sino de toda una construcción teórica. En el enfoque consejista no hay ningún modelo que se pueda aplicar. Inevitablemente, es cuestión de hacer el camino al andar. El enfoque es necesariamente abierto, simplemente porque el movimiento es un movimiento de auto-determinación. El comunismo es el movimiento de auto-determinación en contra del mando del capital. Esto significa que no hay certezas, no hay un camino claro para seguir, ni un modelo para aplicar. Para algunos, esta incertidumbre inevitable es desquiciante: prefieren un camino claro alumbrado por la autoridad.
Para muchos, lo que nos emociona del levantamiento zapatista es que ha sido claro desde el inicio que no siguen la lógica del partido. Lo emocionante de los zapatistas no viene solamente del hecho de que se levantaron en un momento en que parecía que la revuelta estaba muerta o profundamente dormida, sino también de cómo lo hicieron, de la inventiva, el lenguaje, la apertura. Desde el principio su lógica ha sido la de “somos gente común, es decir rebeldes” y su caminar hacia adelante ha sido un experimentar constante, un caminar preguntando.
En otras palabras, el levantamiento zapatista ha sido la expresión más clara de lo que Sergio Tischler (2003) llama la crisis del canon leninista. El canon leninista, es decir la idea de que la revolución significaba pasar por los pasos de construir el partido y tomar el poder estatal, dominó el pensamiento revolucionario del siglo XX. El colapso de la Unión Soviética dejó claro para todos que esta forma de concebir la revolución había fracasado en su intento de transformar la sociedad conforme a los sueños de los revolucionarios.
Un resultado de la crisis del canon leninista ha sido el auge de un enfoque revolucionario alternativo, consejista. La crítica al modelo partidista de la revolución siempre ha sido un filamento importante del pensamiento revolucionario, desde la Comuna de París a los soviets de 1905 y 1917, a los consejos desarrollados en tantos procesos revolucionarios, un filamento teorizado explícitamente por Pannekoek y el movimiento consejista de la primera mitad del siglo pasado. Sin embargo, los últimos años han visto un auge importante del pensamiento consejista. Por eso, no quiero decir que se han organizado consejos obreros para asumir el control de las fábrica (aunque en algunos casos sí), sino que se han desarrollado muchas formas de organización enfocadas no en llevar conciencia a las masas sino en hacer explícita una rebeldía que ya está presente. Estas formas de organización enfatizan la horizontalidad en lugar de la verticalidad, la apertura en lugar de la autoridad. La dignidad, es decir, la rebeldía de la gente común en contra de todo lo que humilla y deshumaniza, es una idea central (ver Zibechi 2003).
Los dos maneras de concebir cómo cambiar el mundo, el enfoque partidista y el enfoque del consejismo, coexisten dentro del movimiento anticapitalista de hoy. Me parece bien que coexisten en un mismo movimiento, porque todos estamos luchando en contra del capitalismo, pero no por eso deberíamos dejar de reconocer y discutir las diferencias. Sería un error grave pensar que porque este movimiento es plural, las diferencias de enfoque dentro de ellos no debería ser tema de discusión. Los movimientos en los cuales no hay discusión mueren de aburrimiento. Para que un movimiento sea saludable, tiene que haber discusión para que entendamos cuales son nuestras diferencias y por qué sin embargo somos parte del mismo movimiento.
Los dos enfoques coexisten, pero está claro que hay una tensión enorme entre ellos, en la teoría y en la práctica. Esta tensión se expresó de la manera más dramática y famosa en la supresión del levantamiento de Kronstad en 1921, pero está presente en las luchas cotidianas en una forma mucho menos dramática. Se puede ver, por ejemplo, en las quejas de miembros de las asambleas barriales argentinas de que algunas de estas asambleas fueron destruidas por la intervención de los grupos de izquierda que trataron de imponer una política más tradicional y estadocéntrica dominada por las líneas de los partidos; o bien en la queja por parte de los miembros de los grupos de que el movimiento actual es inmaduro porque no tiene un programa de transición.
Desde el punto de vista de los partidos, la existencia de los consejos u otras formas experimentales de organización y lucha es contradictoria. Por un lado estas formas son la manifestación de la lucha de clases, pero por otro lado, para que hagan una aportación al movimiento revolucionario, es importante integrarlos a la tarea principal de construir el partido para después conquistar el control del estado y transformar la sociedad. Si los consejos y otras formas de lucha no se dejan canalizar de esta forma, es porque son políticamente inmaduros, calados por ideas posmodernas y reaccionarias. Desde esta perspectiva, los consejos y otras organizaciones son una etapa inmadura del movimiento revolucionario y la tarea del partido es de ayudarlos a madurar, de subordinarlos a la meta superior de ganar el poder. No se reconoce que estos consejos tienen una lógica distinta, una meta distinta, un concepto distinto de cómo cambiar el mundo.
Referencias
Adorno, Theodor. W. (1986): Dialéctica Negativa, Taurus, Madrid
Bloch, Ernst (1979): El Principio Esperanza, Aguilar, Madrid
Lenin, V.I. (sin fecha): ¿Qué Hacer? Obras Ecogidas, Tomo 1, Editorial Progresu. Moscú
Tischler, Sergio (2004): “La crisis del canon clásico de la forma clase y los movimientos sociales en América Latina”, en J. Holloway (coord), Clase=Lucha, Herramienta, Buenos Aires
Zibechi, Raúl (2003): Genealogía de la Revuelta, Letra Libre y Nordan-Comunidad, La Plata y Montevideo
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