El Capital se Mueve

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John Holloway

I

El capital se mueve.

Esta afirmación es tan obvia que parece que no tiene sentido escribirla, mucho menos dedicarle el título de un artículo. Sin embargo…

En la interpretación obvia, de sentido común, la frase ‘el capital se mueve’ es comparable con la frase ‘el perro se mueve’. El perro, normalmente quieto, se levanta y se mueve. El capital, normalmente en un lugar, se levanta y se mueve. El capital británico se exporta y se invierte en Africa. El capital japonés sale de Japón y fluye a los Estados Unidos. El capital, como el perro, se entiende como algo basicamente fijo, pero capaz de moverse. El capital está ligado, pero capaz de desligarse. En este sentido: el Volkswagen tiene una fábrica automotriz en Puebla, pero sabemos que puede cerrar su fábrica y mover su capital a otro lugar. El capital es capaz de moverse, pero se define en primer lugar en términos de su ligazón: ligazón a una empresa (Volkswagen), ligazón a una rama económica (la industria automotriz) y ligazón a un lugar (Puebla, Alemania). Siguiendo el mismo razonamiento, se refiere muchas veces al capital invertido en la industria textil como ‘capital textil’, al capital invertido en la banca como ‘capital banquero’, al capital que es propiedad de los méxicanos como capital méxicano, de los estadunidenses como ‘capital estadunidense’. Aunque no se pone en cuestión la capacidad del capital de moverse, de desligarse de un propietario particular o de una rama económica particular, el movimiento del capital se considera como secundario a su definición inicial en términos de su ligazón o fijeza.

En todos estos ejemplos, el capital está tratado como una cosa, una cosa que puede ser la propiedad de alguien, una cosa que normalmente está ligada a un lugar en particular, a una empresa, una rama de actividad económica: una cosa que puede ser movida de un lugar a otro, de una empresa a otra, de una rama económica a otra.

Todo esto es obvio, pero una vez que tratamos de quitarle al capital su calidad de ser cosa, se vuelve menos obvio. ¿Por qué quisieramos quitarle al capital su calidad de cosa? ¿Por qué no sería suficiente el análisis obvio del movimiento del capital? Depende de lo que queremos entender. Si queremos entender como economistas el desarrollo capitalista, o si queremos entender cómo el capital domina a la sociedad, entonces no hay probablemente ninguna razón para cuestionar el carácter de cosa del capital. Pero si queremos entender no la dominación y la reproducción del capital, sino la vulnerabilidad y la ruptura del capital; si, en otras palabras, queremos entender no como funciona el capitalismo, sino como puede ser destruido, entonces tenemos que abrir el capital-como-cosa, romper la ilusión/ realidad de “el capital es, el capital se mueve, el capital domina, así son las cosas”. Fue por eso que Marx dedicó gran parte de su vida a mostrar que el capital no es una cosa, sino una relación social, una relación social que existe en la forma fetichizada de una cosa.

Si el capital se entiende como una relación social y no como una cosa, entonces ¿qué significa decir que ‘el capital se mueve’? El movimiento del capital sólo puede significar la movilidad, o tal vez mejor, el flujo o la fluidez de las relaciones sociales del capitalismo, de las relaciones de poder bajo el capitalismo.

Lo que la movilidad de las relaciones sociales del capitalismo quiere decir se puede ver a través del contraste entre capitalismo y feudalismo. Bajo el feudalismo, la relación de dominación/ explotación era una relación directa y personal. El siervo estaba ligado a un señor en particular, y el señor estaba restringido a la explotación de los siervos que había heredado o que podía subyugar de otra forma. Ambos lados de la división de clases estaban ligados: el siervo estaba ligado a un señor particular, y el señor estaba ligado a un grupo particular de siervos. Si el señor era cruel, el siervo no podía decidir irse a trabajar por otro señor. Si los siervos eran flojos, incapacitados o de otro modo insubordinados, el señor los podía disciplinar pero no los podía simplemente despedir. La relación entre siervo y señor tenía un carácter fijo, inmóvil. El descontento que resultaba de la relación se expresaba a través de las revueltas y los escapes de los siervos, y la búsqueda por parte de los señores de otras formas de expander su poder y su riqueza. La relación personal e inmóvil de servidumbre feudal se mostró inadecuada como forma de contener y explotar el poder del trabajo. Los siervos huyeron a las ciudades, los señores feudales aceptaron la monetarización de la relación de dominación.

La transición del feudalismo al capitalismo fue por lo tanto un movimiento de liberación por ambos lados de la división de clases. Los dos lados huyeron el uno del otro: los siervos huyeron de los señores (el aspecto que enfatiza la teoría liberal), pero también los señores huyeron de los siervos, a través del movimiento de su riqueza monetarizada. Los lados huyeron de una relación de dominación que se había revelado inadecuada como forma de dominación: los dos lados huyeron a la libertad.

La huida a la libertad es la esencia de la transición del feudalismo al capitalismo. Pero hay aquí dos sentidos diferentes y opuestos de la libertad, por supuesto (un dualismo que es la contradicción central de la teoría liberal). La huida de los siervos fue la huida de la subordinación al señor, la huida de aquellos que, por una razón u otra, ya no aceptaban la vieja subordinación, la huida de los insubordinados de la subordinación. La huida de los señores fue todo lo contrario: cuando convertieron su riqueza en dinero, estaban huyendo de la insuficiencia de la subordinación, huyendo de la insubordinación. Por un lado la huida de los insubordinados, por otro lado la huida de la insubordinación: visto de cualquier de los dos lados, la insubordinación del trabajo fue la fuerza motriz de la nueva movilidad de la relación de clase, es decir de la huida mutua de siervo y señor.

La huida de los insubordinados y de la insubordinación del trabajo, la repulsión mutua de las dos clases no disolvió la relación de clase. Para ambos, siervo y señor, la huida a la libertad se enfrentó con la reafirmación de la liga de dependencia mutua. Los siervos liberados encontraron que no tenían la libertad de dejar de trabajar bajo mando ajeno, ya que eso hubiera implicado la hambre. Ya que los antiguos siervos no disponían de los medios de producción, fueron obligados a trabajar por un amo. Para sobrevivir, se tuvieron que subordinar otra vez. Sin embargo, eso no fue un regreso a la vieja relación: ya no estaban ligados a un amo en particular, sino tenían la libertad de moverse, de dejar a un amo e irse a trabajar por otro. La transición del feudalismo al capitalismo implicó la despersonalización, desarticulación o licuefacción de las relaciones de dominación. La relación de dominación no fue abolida por la disolución de los lazos de servidumbre personal, pero sí sufrió un cambio fundamental de forma. El lazo que ligaba al siervo a un amo particular fue disuelto y remplazado por una relación móvil, fluida, desarticulada de subordinación a la clase capitalista. La huida de la (in)subordinación entró en la definición misma de la relación clasista.

Por el otro lado de la sociedad, los antiguos señores que habían convertido su riqueza en dinero encontraron también que la libertad no era todo lo que se habían imaginado, ya que todavía dependían de la explotación, y por lo tanto de la subordinación de los explotados, de los trabajadores, sus antiguos siervos. La huida de la insubordinación no es una solución para los señores-convertidos-en-capitalistas, ya que la expansión de su riqueza depende de la subordinación del trabajo. Tienen la libertad de abandonar la explotación directa de cualquier grupo particular de trabajadores (por cualquier motivo – flojera, capacitación inapropiada, lo que sea) y de establecer lazos directos de explotación con otro grupo de trabajadores o simplemente de participar a través de la inversión no productiva en la explotación del trabajo. Cualquier que sea la forma de su relación particular con el proceso de explotación, la expansión de su riqueza no puede ser más que una parte de la expansión total de riqueza producida por los trabajadores. Igual que en el caso de sus antiguos siervos, la huida a la libertad se revela como una huida a una nueva forma de dependencia. De la misma manera en la cual la huida de los siervos de la subordinación los devuelve a una nueva forma de subordinación, la huida de los señores de la insubordinación los lleva a la necesidad de enfrentar esa insubordinación. Sin embargo, la relación se ha cambiado, ya que la huida del capital de la insubordinación se ha convertido en un elemento central de su lucha para imponer la subordinación (como se puede ver, por ejemplo, en la amenaza constante de cerrar una fábrica o de quebrar). La huida de la insubordinación ha llegado a ser lo que define la nueva relación de clase. La insubordinación del trabajo es el eje sobre el cual gira la definición del capital como capital. El desasosiego de la insubordinación es el movimiento del capital.

Desde el principio, la nueva relación de clase, la relación entre capitalistas y trabajadores (o, mejor, ya que es una relación despersonalizada, la relación entre capital y trabajo) es una relación de huida y dependencia mutuas: huida de los insubordinados y de la insubordinación, dependencia de la re-subordinación. El capital, por su definición misma, huye del trabajo insubordinado para buscar más y más riqueza, pero nunca puede escapar de su dependencia de la subordinación del trabajo. El trabajo, desde el principio, huye del capital para buscar autonomía, desahogo, humanidad, pero puede escapar de su dependencia y de su subordinación ante el capital sólo destruyendolo, destruyendo la apropiación privada de los productos del trabajo, y destruyendo así su propia existencia como trabajo. La relación entre capital y trabajo, por lo tanto, es una relación de huida y dependencia mutuas, pero no una relación simétrica: el trabajo puede escapar, el capital no. El capital depende del trabajo en una forma en la cual el trabajo no depende del capital. El capital, sin el trabajo, deja de existir: el trabajo, sin el capital, se convierte en creatividad práctica, en práctica creativa, humanidad.

El siervo (ahora trabajador) y el señor (ahora capitalista) siguen siendo los dos polos antagónicos de una relación de dominación-y-lucha, pero esta relación ya no es la misma. La insubordinación del trabajo se ha metido en la definición misma de la relación como desasosiego, movilidad, liquidez, flujo, fluidez, huida constante. La relación de clase se ha convertido en una relación móvil que cambia todo el tiempo, en la cual todos los capitalistas participan en la explotación de todos los trabajadores y todos los trabajadores contribuyen a la reproducción del capital, en la cual los padrones de explotación se cambian constantemente, kaleidoscopicamente.

En la transición al capitalismo, la dialéctica de la insubordinación/ subordinación que es el nucleo de cualquier relación de clase adquiere una forma distintiva – el movimiento antagónico de la huida de los insubordinados y de la insubordinación hacia la subordinación renovada. Este movimiento antagónico se expresa en las categorías familiares de la economía política: en la existencia de la fuerza de trabajo y de los productos del trabajo como mercancías, en la existencia del valor, del dinero, del capital. Estas categorías, que muchas veces son entendidas como la expresión de la legalidad del desarrollo capitalista, expresan en realidad la presencia definidora de la insubordinación del trabajo dentro de la relación capitalista de subordinación, es decir, el caos al centro de la dominación capitalista.

Todo eso parece ser de cabeza. No estámos acostumbrados a pensar en el valor, por ejemplo, en estos términos. Es más común pensar en el valor como estableciendo el orden (la ‘ley’ del valor), como liga social en una sociedad de productores autónomos. Esto es cierto, pero sólamente si se enfatiza la crítica a la teoría liberal. La noción de la ‘ley del valor’ dice en efecto: ‘a pesar de las apariencias, los productores aparentemente autónomos de la sociedad capitalista están ligados por una conección social que opera detrás de sus espaldas – la ley del valor’. Si, al contrario, partimos no de la apariencia del inidividualismo fragmentado, sino de la irrupción histórica de la insubordinación del trabajo, entonces el valor expresa la fragmentación impuesta por esta irrupción sobre la dominación más cohesiva del feudalismo. La ley del valor es al mismo tiempo la ilegalidad del valor, la perdida de cualquier control social sobre el desarrollo de la sociedad, la presencia de la insubordinación dentro de la subordinación. El valor es la categoría de la economía política que sintetiza la huida contradictoria de los insubordinados y de la insubordinación, de la misma forma que la libertad es la expresión categorial de la misma huida en la teoría política liberal.

El valor, en la forma de dinero, es la nueva liquidez de la relación de clase. Es el hecho que las relaciones sociales llegan a ser establecidas a través del dinero que hace posible que el trabajador se cambie de un amo a otro, en cada caso vendiendo su fuerza de trabajo por cierta cantidad de dinero. Es el hecho que el señor convertido en capitalista puede cambiar su riqueza en dinero que le hace posible abandonar un grupo de trabajadores y voltearse a otro y participar en la explotación global del trabajo.

El dinero no sólo hace líquida la relación de clase: al mismo tiempo la transforma y fetichiza. Le da a la relación de clase su propio color, dando a la relación de subordinación/ insubordinación la apariencia de una relación entre ricos y pobres, una relación de inegalidad entre aquellos que tienen y aquellos que no tienen dinero en lugar de una relación de antagonismo. Transforma la relación antagónica de subordinación/ insubordinación en una relación de dinero, transforma la huida de los insubordinados y de la insubordinación que define la relación capital-trabajo en el movimiento de dinero, es decir el movimiento del capital (en el sentido de ‘el perro se mueve’).

La frase trivial con la cual empezamos el artículo, ‘el capital se mueve’, ha adquerido un nuevo sentido. Es una tautología. ‘El capital se mueve’ no significa que el capital normalmente está quieto y ahora se mueve, sino que el capital está constituido por el movimiento.

II

A primera vista, sin embargo, la relación capital-trabajo no es tán fluida. Aunque los trabajadores tienen la libertad de vender su fuerza de trabajo al explotador que ellos escojan, no existen en moción perpetua: muchas veces están empleados por un capitalista particular durante meses o años. Aunque el capitalista tiene la libertad de mover su capital a donde él quiera, mucho capital está atado a fábricas, a mercancías, al empleo de trabajadores específicos, invertido en lugares específicos o en ramas económicas específicas, vinculado con empresas específicas. Aunque la relación que liga trabajo y capital es una relación a-territorial, la mayoría de los trabajadores y de los capitalistas pasan mucha de su vida en un lugar y tienen ligazones territoriales. Si enfocamos una empresa, o una rama, o un lugar, o si enfocamos un trabajador o un grupo de trabajadores, entonces el capital no aparece como moción pura: aparece como algo fijo pero capaz de moción.

La relación capital-trabajo, en otras palabras, existe en una forma institucional o estatica. Los trabajadores no tienen una relación inmediata con el capital como tal, sino con un capitalista, normalmente una empresa. Las empresas no explotan inmediatamente al trabajo como tal, sino a los trabajadores que emplean. La moción pura de la relación capital-trabajo existe en una forma que parece detenerla, una forma que la institucionaliza. El poder en la sociedad capitalista no parece ser la expresión de una relación de huida-y-dependencia entre capital y trabajo: el poder parece adherir a empresas, grupos empresariales, personas específicas, estados y otras instituciones. Los poderosos, por nebulosos que sean, parecen tener una identidad: aun los más reclusos pueden ser identificados por un investigador persistente.

Si el poder existe en forma institucional, entonces el argumento que la relación capital-trabajo es constituivamente fluida se puede entender sólo como crítica, como crítica explosiva y destructiva.

Regresando a la frase incial, ‘el capital se mueve': la primera interpretación (el capital, antes quieto o ligado de alguna manera, se mueve) implica una visión institucional del poder. El capital se define por su afiliación institucional (Volkswagen, capital estadunidense), es decir por su falta de movimiento, antes de que su movimiento sea considerado. Se asume que el marco institucional (la compañia o el estado) tiene prioridad sobre el movimiento del capital. Así, por ejemplo, la noción de un ‘capital méxicano’ implica una definición anterior de ‘México’ que establece un marco de autoridad dentro del cual se puede hablar de la noción del ‘capital méxicano’. A ‘México’ como categoría social (como conceptualización de las relaciones sociales) se le da prioridad teórica sobre el concepto de ‘capital’, aunque eso normalmente es asumido, raramente expresado o teorizado. La primera interpretación de ‘el capital se mueve’ no da sólamente cierta definición del capital, sino implica una visión más general de las relaciones sociales, una visión que define las relaciones sociales en términos de su institucionalización.

La visión institucional del poder (la visión del poder como ligado con, o la propiedad de, ciertas instituciones) implica una interpretación ‘de arriba hacia abajo’ del poder: el poder es algo que algunas personas ‘tienen’, y de la cual otras están excluidas. Así, por ejemplo, en la tradición leninista, se asume que el estado ‘tiene’ poder, un poder que puede ser ‘tomado’ por la clase trabajadora. La visión institucional del poder está vinculado con una comprensión del poder como dominación, o subordinación.

La segunda interpretación (el capital está constituido por el movimiento) no es simplemente diferente de la primera. Hace estallar a la primera interpretación. Dice, en efecto, que, contrario a las apariencias, las relaciones sociales (las relaciones de poder clasista) no son institucionales. El capital se constituye por su movimiento, por la no fijeza de las relaciones sociales. Todas las instituciones que parecen ‘tener poder’ son simplemente el modo de existencia de una relación social sobre la cual no tienen ningun control – la relación de huida y dependencia que es la relación entre capital y trabajo. Todas las grandes instituciones de poder que parecen ser tán sólidos están flotando sobre una relación móvil en la cual el trabajo finalmente es todopoderoso. Decir que el capital está constituido por el movimiento es criticar la autopresentación institucional del poder.

En otros palabras: partir de la comprensión del capital como movilidad es partir no de la estabilidad sino de la inestabilidad de las relaciones capitalistas de poder. Si la primera interpretación entiende al capital en términos de la subordinación del trabajo, la segunda lo entiende en términos del movimiento antagónico de la insubordinación/ subordinación del trabajo. Una vez que la insubordinación está colocada en el centro de la imágen, una vez que se entiende que la insubordinación define el capital y define la forma de la subordinación, una vez que se ve que la huida de los insubordinados y de la insubordinación constituye el capital, entonces se hace claro que no es posible entender el poder como hacia abajo, ni como ligado a una institución específica. Si la insubordinación define la forma de la subordinación, entonces no es posible nunca discutir la insubordinación y la subordinación por separado.

Todo esto se puede expresar en términos más tradicionales, en términos de la relación entre la producción y la circulación. La primera interpretación da prioridad a la producción (la fijeza del capital), y asume que la circulación es secundaria, y externa a la producción; la segunda interpretación entiende al capital en términos de la unidad interna entre circulación y producción (la unidad de la huida de los insubordinados y de la insubordinación y de la imposición de la subordinación).

La distinción se puede ver también en términos de la definición de la clase. La concepción que ve la producción como primaria y la circulación como secundaria tiende a conducir a una definición de la clase trabajadora como la clase de personas subordinadas en la producción, es decir el proletariado industrial. Si el capital se entiende en términos de la unidad de la producción y la circulación (o la unidad de la huida de los insubordinados y de la insubordinación), entonces la imágen que se presenta es otra. El capital vive subordinando y luego huyendo de la insubordinación que es inseparable de la subordinación: chupa el trabajo para explotarlo y lo escupe por incomible. El antagonismo que define a la clase trabajadora no es el antagonismo de subordinación sino de subordinación/ insubordinación: los trabajadores no somos las víctimas subordinadas sino los insubordinados quienes repelen al capital y a quienes tiene que subordinar. Si el capital vive chupandoy escupiendo, entonces la clase trabajadora puede ser definida precisamente como los chupados y escupidos de la tierra.

La crítica es la expresión teórica del desasosiego de la insubordinación. Ya que la crítica es el establecimiento teórico de la interconección entre los fenómenos sociales, y la huida de los insubordinados y de la insubordinación (el movimiento del capital) es el establecimiento práctico de la misma interconección, la crítica es nada más que la expresión teórica de esta huida. Prácticamente, el movimiento desasosegado del capital destruye sin fin las instituciones del poder. Teoricamente, el marxismo, como expresión más desarrollada de la insubordinación del trabajo, destruye sin fin las categorías del pensamiento.

III

El argumento desarrollado aquí implica una crítica a muchas de las categorías de análisis empleadas por la tradición marxista ortodoxa.

Ha sido común en aquella tradición analisar el capital en términos de su fijeza o ligazón, y no en términos de su movimiento. Esto se refleja, por ejemplo, en el concepto del ‘capital nacional’, como en capital estadunidense, capital japonés, capital méxicano. El concepto de un capital nacional juega un papel central en las teorías del imperialismo, que normalmente está entendido en términos de la dominación del capital estadunidense (u otro), o en términos del conflicto interimperialista (como en el conflicto entre capital estadunidense y capital japonés, por ejemplo), o en términos de la exportación del capital de los paises ‘centrales’ a los paises ‘perifericos’.

Todos estos analisis se construyen sobre un concepto del capital definido en términos de su fijeza. Si el capital está constituido por su fluidez, es difícil ver como estas teorías se pueden defender. Si el movimiento del capital es la unidad contradictoria de la huida de los insubordinados y de la insubordinación y la re-subordinación del trabajo, entonces no es obvio porque o cómo este movimiento debería de ser analizado en términos de una ‘nación’. Desde el principio, el movimiento de los trabajadores para buscar otros ambientes de explotación ha sido un movimiento que cruza fronteras. Desde el principio, la huida del capital del trabajo insubordinado para buscar medios de expanderse ha sido un movimiento mundial. La búsqueda mundial por el capital de ganancias más altas implica que existe una tendencia mundial a la nivelación de la tasa de ganancia, o, en otras palabras, una repartición en todo el mundo de la plusvalía producida por los trabajadores del mundo. En este contexto no tiene sentido tomar un concepto como ‘capital nacional’ (o economía nacional) como base para entender el desarrollo del capitalismo.

El concepto de ‘capital nacional’ sólo se puede justificar en la medida en la cual existen obstáculos al flujo global del capital, es decir a la repartición global de la plusvalía – obstáculos a la huida de los insubordinados y de la insubordinación. Los estados son los más importantes de estos obstáculos. Cuando el modo feudal de subordinar al trabajo derrumbó, significó no sólamente la liberación de siervo y señor, sino también el colapso del modo establecido de mantener el orden social, sin el cual una sociedad de clases no se puede concebir. El nuevo modo de mantener el orden (el estado) se desarrolló separado del proceso inmediato de producción – una condición necesaria para la existencia del trabajo ‘libre’. Historicamente se organizó sobre una base territorial. Los estados capitalistas se desarrollaron sobre todo como medio de imponer restricciones territoriales en la huida de los trabajadores de la subordinación – a través de la legislación y administración de las leyes controlando lo que se definió como vagabundaje (la huida sin restricción de los insubordinados).

Los nuevos aparatos de orden público (los estados) se desarrollaron como conjuntos más o menos coordinados de obstáculos al movimiento de trabajo y capital. Las leyes sobre el vagabundaje tienen su equivalente moderno en las leyes que controlan la migración (y por lo tanto la ciudadanía) y en todo el arsenal de regulaciones que restringen o inhiben de una manera u otra el movimiento de los trabajadores (y sin las cuales el capitalismo hoy probablemente no podria sobrevivir). La restricción territorial es un principio central del mantenimiento del orden en la sociedad capitalista.

Las restricciones al movimiento del capital han tomado formas diferentes. Ya que todos los estados dependen para su misma reproducción de la acumulación del capital, como fuente de ingreso (a través de los impuestos) y como basis del orden social, todos los estados compiten para atraer el capital a su territorio o para retener el capital dentro de su territorio. Mientras las restricciones estatales al movimiento de los trabajadores (la huida de la subordinación) aspiran en general (no siempre) a excluir los trabajadores, las restricciones al movimiento del capital (la huida de la insubordinación) normalmente tienen como objetivo atraer o retener el capital. Restricciones de este tipo incluyen medidas que obstaculizan directamente el movimiento del capital (obstaculos a la exportación de dinero, por ejemplo), pero en general toman la forma de medidas que promueven condiciones favorables a la subordinación del trabajo y la acumulación del capital dentro del territorio estatal: la supresión de la oposición, la regulación de los sindicatos, la imposición de aranceles, la concesión de contratos para obras públicas, el pago de subvenciones, la protección de monopolios, la promoción de los intereses de las empresas operando dentro del territorio nacional a través de la diplomacia y la guerra. Todas estas medidas tienen como objetivo asegurar condiciones particularmente favorables para la acumulación del capital dentro del territorio estatal, y son, por lo tanto, intervenciones en la nivelación mundial de la tasa de ganancia (la repartición mundial de la plusvalía). Todas son medidas que adquieren su significado del movimiento mundial del capital. Los estados nacionales se pueden entender como tantos obstáculos al flujo mundial del capital, tantas presas tratando en competencia el uno con el otro de divertir (atraer y retener) el flujo mundial en su propia dirección, tantas válvulas intentando aprovechar del movimiento de un flujo que ellos no controlan.

En la medida en la cual los estados obstaculizan el flujo del capital (la huida de la insubordinación), se forman lazos entre capitales específicos y estados nacionales específicos. Estos lazos tienen muchas veces algo que ver con el orígen nacional de los propietarios del capital en cuestión, pero no es necesariamente así. Muchas empresas grandes mantienen vínculos muy estrechos con varios estados: discriminan según sus intereses, no según sus sentimientos nacionales. Los estados también siguen sus intereses: en general no discriminan entre capitales según su orígen nacional o la nacionalidad de sus dueños. Los vínculos que existen entre empresas y estados pueden tener una influencia importante en las acciones de las empresas y de los estados. Sin embargo, no constituyen los capitales como ‘capital nacional’. De necesidad, las empresas y los estados son mucho más oportunistas que lo que sugiere el concepto de un ‘capital nacional’. Las empresas, para sobrevivir, tienen que tratar de aumentar sus gancias al máximo. Si eso implica invertir su capital en varios países, lo harán, en general, y buscarán y recibirán el apoyo de todos los estado implicados. Los estados, para mantener el orden y sus ingresos, tienen que tratar de atraer y retener el capital dentro de sus fronteras: la ‘nacionalidad’ del capital es, en general, una cuestión de indiferencia absoluta. Las empresas que actúan por sentimiento nacional simplemente no atraerán una parte proporcional de la plusvalía global. Los estados que confunden los intereses del estado por los intereses de los capitalistas locales (lo que pasa seguido donde hay lazos estrechos entre políticos y capitalistas) encontrarán normalmente que lleguen a ser menos atractivos como ubicaciones para la acumulación del capital. Las alianzas entre estados específicos y grupos específicos de capitalistas (de cualquier nacionalidad) pueden jugar un papel importante en la competencia mundial para atraer una parte de la plusvalía total producida, pero tales alianzas son inevitablemente inestables y, de todas formas, no pueden ser tomadas como una base para la explicación del desarrollo capitalista.

El capital no conoce ni bandera, ni himno nacional, ni sentimiento nacional, si no es como medida de imponer la subordinación del trabajo. Todo capital se nutre de la extracción mundial de la plusvalía: no hay otra fuente posible para la expansión capitalista. Las empresas atraen una porción de esa plusvalía o desaparecen. Los estados compiten para atraer y retener una porción del capital a través de la creación de condiciones favorables a la acumulación del capital o se caen en crisis y caos. La nivelación mundial de la tasa de ganancia (la repartición mundial de la plusvalía) no está controlada por ninguna empresa, ningun estado: todas las empresas, todos los estados, todos los políticos son los servientes del capital.

Ni el estado nacional, ni la rivalidad entre estados es, por lo tanto, una categoría adecuada para entender el desarrollo del capitalismo, ni al nivel mundial, ni en cualquier territorio local (estado, región, pueblo, lo que sea). La única manera de entender el desarrollo capitalista, sea político, sea económico, es a través de una comprensión de la extracción de la plusvalía, o, en otras palabras, la lucha de clases que es la unidad contradictoria entre la huida de los insubordinados y de la insubordinación y la subordinación del trabajo.

IV

El movimiento del capital es la unidad dialéctica de la huida de los insubordinados y de la insubordinación y la imposición de la subordinación. Es más común expresar esto como la unidad dialéctica de la circulación y la producción, pero estos términos no ponen énfasis en el hecho que ambas, la circulación y la producción, son lucha de clases, y que son diferenciadas en el tiempo y en el espacio. La huida de los insubordinados y de la insubordinación y la imposición de la subordinación son crucialmente distintos en términos temporales y espaciales: esto es fundamental para cualquier discusión del desarrollo histórico del capitalismo.

La existencia del capital depende de la subordinación del trabajo. Para que el capital exista, el trabajo abstracto, productor de valor, tiene que ser impuesto al trabajo vivo; el trabajo tiene que ser sujetado al mando capitalista y obligado a producir plusvalía en cantidad suficiente para asegurar la reproducción expandida del capital. Los periodos de acumulación sostenida son periodos de subordinación sostenida del trabajo.

En tales periodos de acumulación/ subordinación sostenida, la insubordinación del trabajo y por lo tanto la huida del capital están presentes, por supuesto, pero su importancia es menos obvia. Con todas las reservas que una generalización de este tipo implica, se puede decir que es la combinación de acumulación y subordinación que da su color al periodo, y a las concepciones de la sociedad y del desarrollo social que predominan. En particular, la importancia relativa de la subordinación del trabajo (y por consiguiente del capital en su forma de capital productivo) da apoyo a la comprensión institucional del capitalismo, según la cual el capital (y el poder en general) se entiende como basicamente estático.

El periodo de expansión de la posguerra (aproximadamente 1945-1974) es el ejemplo más obvio de un periodo de este tipo en el cual la subordinación del trabajo prevalecía. La insubordinación previa (el periodo largo de conflicto en la primera parte de este siglo, del cual 1917 fue la luz más brillante) había sido superada finalmente por la combinación de la depresión, el fascismo y la guerra, y una nueva subordinación establecida que creó la base para la acumulación renovada del capital, que, a su vez, creó una base para el mantenimiento de la subordinación (o al menos la contención de la insubordinación) que era caracteristica de esos años. Con el tiempo, sin embargo, la explotación del trabajo llegó a ser más y más cara para el capital (lo que Marx llama la alza en la composición orgánica del capital) y la contención de la insubordinación llegó a ser cada vez menos efectiva. El movimiento llamado muchas veces ‘1968’ fue la segunda gran huida del siglo de la subordinación, y el capital respondió como el capital tiene que responder, huyendo a su vez de la insubordinación del trabajo.

A partir de los últimos años de los sesenta y principios de los años setenta, es la huida de los insubordinados y de la insubordinación que se establece como momento dominante del desarrollo capitalista. El capital se convierte en su forma líquida de dinero, rompe sus vínculos institucionales (con fábricas, estados, ramas de actividad económica) y se mueve por el mundo en la búsqueda de medios de expanderse. No hay ni internacionalización ni globalización del capital, ya que el capital es de por sí mundial, pero sí hay una intensificación del desasosiego mundial del capital que aparece como globalización. Los vínculos entre grupos capitalistas y estados específicos se rompen, la política de la ‘economía nacional’ (el keynesianismo, las políticas de substitución de importaciones) es abandonada, todos los conceptos políticos, económicos, culturales que eran parte del patrón previo de pronto se caen de la moda. El dinero, la forma del capital en toda su pureza líquida y obscena, reina supremo, como norma cultural, como dogma económico, como principio de la organización de estado y sociedad. El torrente de capital líquido destruye el mundo viejo, ahogando en el proceso toda la vieja tontería asesina del socialismo (o liberación) en un país.

La huida de la insubordinación no es, sin embargo, la misma cosa que la reimposición de la subordinación. Entre 1917 y 1945, hubo toda una historia mundial de tragedia y de ensangrentamiento sin precedente: nunca antes había la restructuración del capital costado tanto horror. La huida del capital que ha moldeado el mundo en los últimos veintitantos años no parece haber logrado una nueva subordinación del trabajo suficiente para crear una base para un nuevo periodo de expansión capitalista. A pesar de todo lo que se dice de la restructuración del proceso de trabajo y de la nueva sumisión del trabajo, la importancia todavía del flujo de capital líquido y la expansión continua del crédito y de la deuda como forma de mantener el capitalismo sugieren que la sociedad (todavía) no ha sido restructurado lo suficiente para asegurar un nuevo periodo de subordinación-y-acumulación. Lo que una restructuración adecuada podría significar es indicado (pero en escala pequeña) por los horrores de los años noventa (Ruanda, Bosnia). Posiblemente, la única forma de evitar un desarrollo de este tipo es a través de la realización teórica y práctica del poder del trabajo insubordinado, la fuerza del ‘ya basta’ mundial.

Nota:

Muchas gracias a Ana Esther Ceceña: sin su presión paciente/ impaciente, este artículo probablemente no hubiera sido escrito.

Para una expansión de algunos de los argumentos contenidos en este artículo, especialmente en las secciones III y IV, véanse:

W. Bonefeld (1993), The Recomposition of the British State, Dartmouth, Aldershot.

W. Bonefeld y J. Holloway (1994), “Dinero y Lucha de Clases”, en J. Arzuaga y J. Holloway (coord), Dinero Global y Estado Nacional, Editorial Coyoacán, México, D.F.

J. Holloway (1992), “La Reforma del Estado”, Perfiles Latinoamericanos, no. 1., México D.F.

C. Marx, El Capital, esp. Vol III, cap. 10.

El autor es profesor/ investigador en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Puebla.

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