julio 31, 2011 Article and Chapters / Español
John Holloway
El moho y la herrumbre recubren una palabra que parece sepultada en un pasado muy remoto: la palabra Revolución. Una palabra que habrá que rescatar del olvido a la vista del abismo al que la humanidad se aproxima.
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Vida a pesar del capitalismo: eso quiere decir que no podemos esperar para vivir. La izquierda tradicional está centrada en la espera. Los partidos socialdemócratas nos dicen: “esperad hasta las próximas elecciones, entonces llegaremos al poder y las cosas serán diferentes”. Los partidos leninistas dicen: “esperad a la revolución, entonces tomaremos el poder y empezará la vida”. Pero no podemos esperar. El capitalismo está destruyendo el mundo y no podemos esperar. No podemos esperar hasta que llegue la siguiente larga oleada de la siguiente oportunidad revolucionaria. No podemos esperar a que llegue el momento idóneo. Tenemos que rebelarnos ahora, debemos vivir ahora.
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La izquierda tradicional utiliza el concepto capitalista del tiempo. Según este concepto, el capitalismo es un continuum, tiene una duración, estará ahí hasta el día en que llegue la revolución. Es esta duración, este continuum, lo que tenemos que romper. ¿Cómo? Rechazándolo. Entendiendo que el capitalismo no tiene una duración independiente de nosotros. Si actualmente existe el capitalismo, no es porque fue creado hace 100 o 200 años, sino porque nosotros (los trabajadores del mundo, en sentido amplio) lo creamos hoy. Si no lo creamos mañana, no existirá. El capital depende de nosotros para existir, a cada paso. El capital depende de convertir lo que hacemos en trabajo alienado, de convertir nuestra vida en supervivencia. Nosotros hacemos el capitalismo. El problema de la revolución no es abolir el capitalismo, sino dejar de hacerlo.
¿Cómo dejamos de hacer el capitalismo? ¿Cómo podemos rechazarlo, decir ¡ya basta!, ¡que se vayan todos!? El rechazo es el primer paso para pensar en el cambio social radical. Vivimos en un mundo en el que la humanidad corre hacia el abismo de su propia destrucción. ¿Cómo decir NO? ¿Cómo romper el continuum, romper la historia, romper el tiempo, cómo negarnos a sobrevivir y empezar a vivir, cómo infundir a nuestras vidas una intensidad que rompa la monotonía gris del capitalismo? Esta es la primera temporalidad de la revolución, la temporalidad del ¡ya basta! Una temporalidad de impaciencia e intensidad y de revolución aquí-y-ahora, porque el capitalismo es insoportable, porque no podemos seguir generando nuestra propia destrucción. Esta es la temporalidad de la certeza, porque no puede haber ninguna duda de nuestro NO al capitalismo. Es también la temporalidad de la inocencia, del NO simple y sin complicaciones.
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Pero existe también una segunda temporalidad. Para dar fuerza a nuestro rechazo, tenemos que reforzarlo con la construcción de un mundo alternativo. Si nos negamos a someternos al capital, tenemos que contar con alguna forma de vida alternativa, y esto implica la creación paciente de otras formas de organizar nuestra actividad, nuestro hacer. Los zapatistas dicen “¡ya basta!”, pero también dicen “caminamos, no corremos, porque vamos muy lejos.” Los mejores grupos piqueteros de la Argentina dicen “¡que se vayan todos!”, pero también insisten mucho en seguir sus propios ritmos, sus propios tempos de creación de una sociabilidad alternativa, una forma alternativa de hacer las cosas. Si la primera temporalidad es la de la inocencia, ésta es la temporalidad de la experiencia. Es la temporalidad de la construcción de nuestro propio poder, nuestro poder-para, nuestro poder para hacer cosas de forma diferente. Construir nuestro propio poder-para es algo muy diferente a tomar o hacerse con el poder. Si nos autoorganizamos para organizar el poder, para conseguir el poder estatal, entonces inevitablemente nos metemos en la lógica del poder capitalista, adoptamos formas de organización capitalista que imponen divisiones, divisiones entre líderes y masas, entre ciudadanos y extranjeros, entre lo público y lo privado. Si nos centramos en el Estado y en la consecución del poder estatal, reproducimos inevitablemente dentro de nuestras luchas el poder del capital. La construcción de nuestro propio poder para implica construir diferentes formas de organización, formas que no sean simétricas a las formas del capital, formas que no separen ni excluyan. Así pues, nuestro poder no es sólo un contrapoder, no es un reflejo del poder capitalista, sino un antipoder, un poder con una lógica totalmente diferente, y una temporalidad distinta.
La temporalidad tradicional, la, temporalidad de la toma del poder, tiene dos pasos: primero esperar y construir el partido, entonces habrá una revolución y de repente todo será diferente. Nuestra temporalidad, la temporalidad de la construcción de nuestro antipoder también incluye dos pasos, pero éstos son exactamente lo contrario. Primero: no esperar, rechazar ahora, abrir un agujero, una fisura en la textura de la dominación capitalista ahora, hoy. Y segundo, a partir de estos rechazos, de estas fisuras, construir un mundo alternativo, una forma diferente de hacer las cosas, unas relaciones sociales diferentes. En este caso no puede haber un cambio repentino, sino una lucha larga y paciente en la que la esperanza resida no en las próximas elecciones ni en la toma del Palacio de Invierno, sino en la superación de nuestro aislamiento y la puesta en común con otros proyectos, con otros rechazos que van en la misma dirección. Esto supone no sólo vivir a pesar del capitalismo, sino vivir en-contra-y-más-allá del capitalismo. Implica una concepción intersticial de la revolución, en la que un nuevo mundo, un nuevo comunismo, comunismo, crezca en los intersticios de y en oposición al capitalismo. No existen normas sobre cómo construir un nuevo mundo, no hay ningún modelo que podamos seguir. Aquí no hay certezas. Es inevitablemente una cuestión de experimentación e invención. Detrás del NO de nuestro rechazo al capitalismo neoliberal hay muchos SÍes. La fuerza que hay detrás de estos SÍes es un impulso hacia la autodeterminación. La autodeterminación sólo puede ser un proceso social, el resultado de coser procesos colectivos de autodeterminación, de entretejer consejos, comunas o asambleas. Pero no es sólo una cuestión de deliberaciones (de cómo tomamos las decisiones), sino que es también, y por encima de todo, una cuestión de cómo organizamos nuestro hacer, nuestra actividad, de forma que vaya contra-y-más-allá del capital. Y no sólo contra-y-más-allá del capital, sino también contra-y-más-allá del valor, contra-y-más-allá del mercado y de los ritmos y disciplinas que impone. Esta es la parte más difícil de la reflexión sobre cómo podemos crear y estamos creando un nuevo común, un nuevo comunismo.
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El camino está lleno de dificultades y de incertidumbres y exige mucha paciencia. Pero no deberíamos ponerlo todo patas arriba. La idea tradicional de revolución nos dice que contengamos nuestra impaciencia, que la subordinemos a la paciente construcción del partido. Pero no queremos caer en esto, porque mata al movimiento de aburrimiento. Nosotros también tenemos dos temporalidades: la temporalidad del impaciente ¡ya basta!, ¡la revolución aquí y ahora!, y la temporalidad de la paciente construcción de otro mundo. Pero en la concepción tradicional, la impaciencia se subordina a la paciencia, y en nuestra concepción esto debería ser al contrario: la paciencia existe para dar fuerza a la impaciencia del rechazo, no para subordinarla. La sabiduría de la experiencia no está ahí para contener la rabia de la juventud, sino para reforzarla.
El movimiento está compuesto por canciones de inocencia y experiencia. Las dos tienen su espacio. Normalmente, domina la voz de la experiencia, pero quizás sea la de la inocencia la que debiera llevar la voz cantante.
Traducción: Gemma Galdon
El viejo topo, Barcelona, febrero de 2005
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