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Magis entrevista a Holloway

Magis entrevista a Holloway1

Abril – mayo de 2014, núm. 439, págs: 10-15

Alejandra Gillén.

Una sociedad sin esperanza es un criadero de violencia”

Famoso (y polémico) por su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder, John Holloway, sociólogo irlandés y radicado en México desde hace veinte años, reflexiona sobre la necesidad de construir la esperanza en un mundo en crisis ambiental, humanitaria, de pobreza.

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Holloway es autor del libro «Cambiar el mundo sin tomar el poder». Fotos: Flickr/rosalux-stiftung

La experiencia sugiere que las crisis generan depresión, no esperanza. ¿Entonces qué? ¿Abandonar la esperanza? No se puede. Es el momento de aprender la esperanza.

Este dilema es una de las inquietudes actuales del pensador John Holloway. Él considera que una sociedad sin esperanza, que se reduce a la mercancía, es un cuarto sin ventanas, un criadero de violencia, un lugar insensato y depresivo.

Durante su participación en la Cátedra Jorge Alonso de la Universidad de Guadalajara, el pensador irlandés retomó las ideas del filósofo alemán Ernst Bloch sobre la necesidad de re-aprender la esperanza después de la gran desilusión, pero con la diferencia de que se trata de otros tiempos: hoy ya no se cree en la revolución, en el socialismo o en los partidos (“the partie is over”). Lo único que queda, afirma Holloway, es el rechazo a las condiciones de vida actuales.

La esperanza, de acuerdo con el académico del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, debe pensarse en negativo, porque ésta empieza con el grito, no con el verbo. Su primera tesis del anti-poder es que, ante la mutilación de las vidas humanas por el capitalismo, lo que irrumpe es un grito de tristeza, un grito de horror: “¡No!”.

Se trata de una esperanza que brota de la rabia, del grito.  

El pensar, para decir la verdad del grito, tiene que ser negativo. No queremos entender al mundo sino negarlo. La meta de la teoría es conceptualizar al mundo negativamente, no como algo separado de la práctica, sino como un momento de la práctica, como parte de la lucha para cambiar el mundo, para hacer de él un lugar digno de la humanidad. Pero, después de todo lo que ha pasado, ¿cómo podemos incluso empezar a pensar en cambiar el mundo?”, apunta en la primera de las doce tesis sobre el anti-poder que presenta en el libro Contrapoder, una introducción (Negri, 2001).

Lo anterior es lo que él llama pensar en una gramática negativa, que muestre la capacidad de ruptura contra todos los tipos de dominación.

En su libro Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002), Holloway rompe con la idea de que para transformar la realidad se tiene que tener el control del Estado y se pregunta por qué las crisis
—como las que ahora se ven en Grecia y México, por ejemplo— manifiestan el fracaso del capitalismo, sin que hayamos terminado con este sistema económico.

Tenemos que pensar en nosotros, en nosotras. Tenemos que asumir nuestra propia responsabilidad ante la amenaza de la destrucción humana. Tenemos que reapropiarnos el mundo. Somos sujetos con un poder creativo, con dignidad, que podemos crear contra aquello otro que no queremos”, dice.

Holloway explica por qué le interesa actualmente la relación entre la crisis y la esperanza, y cómo mira la irrupción de los grupos de autodefensa que han surgido en Michoacán en el último año.

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Foto: AFP

¿Cuál es la relación de la crisis y la esperanza?

Mi preocupación actual es pensar en la relación entre crisis y esperanza porque lo que temo —o lo que veo, hasta cierto punto—, es un encogimiento de la esperanza, de las perspectivas de otro mundo radicalmente diferente. Y creo que la pérdida de la esperanza —por supuesto que no se ha perdido totalmente— significa, o puede expresarse como, un crecimiento de la violencia o simplemente como el crecimiento de una pérdida de sentido en el mundo, que por supuesto tiene consecuencias sociales, psicológicas… consecuencias terribles. Pienso en la esperanza como la que surge de la tristeza ante lo que está pasando, cuando pensamos: “No, notiene que ser así, el mundo podría ser diferente, podría ser mucho mejor, podría tener otra lógica”. Pensando la esperanza de esta manera, uno creería que tendría que expandirse en momentos difíciles, porque los momentos de crisis son momentos de ruptura del sistema, son momentos en los que uno podría pensar que se abre de alguna forma el mundo.

La experiencia que tenemos es todo lo contrario, porque en los periodos de crisis, la esperanza se experimenta en términos de depresión, de pérdida de oportunidades, de pérdida de posibilidades. Lo que quiero hacer es tratar de pensar en esta relación y pensar cómo entender la crisis de otra manera, cómo entender que la crisis también se va imponiendo y se van abriendo otras formas de hacer las cosas.

Cuando habla de que hay menos esperanza, ¿estamos haciendo comunidad, regresando a la organización comunitaria ante el dolor que se vive en México? ¿O se está perdiendo la esperanza?

Creo que las dos cosas. En todo el mundo, pero sobre todo en México, porque México es un país muy intenso en el sentido de que, por un lado, es un horror, un espanto, lo que uno ve todos los días: la violencia cotidiana, la violencia de los narcos, los muertos, decapitados, torturados… México se perfila realmente como la catástrofe, como una concentración de todo lo que es catastrófico en el mundo, de una forma que no me imaginaba cuando vine a vivir acá hace 20 años. Pero, por otro lado, México también es una fuente de inspiración, de esperanza, una maravilla en términos de la fuerza de los movimientos de resistencia y la creatividad de las fuerzas de resistencia. Obviamente, el ejemplo perfecto es el movimiento zapatista, es como una fuente de esperanza para el mundo entero. La gente viene a Chiapas no porque quieren ser campesinos o porque quieren ver al zapatismo como un modelo; simplemente quieren ver la esperanza a través de esta inspiración. Y, obviamente, no son sólo los zapatistas, es una cantidad enorme de movimientos grandes, medianos y pequeños en todo el país. Entonces, México es una experiencia muy intensa, supongo que es lo atractivo de este país, no es que sea mejor o peor, sino que es peor y mejor, y por lo tanto más intenso y más contradictorio que otros lugares.

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 Foto: Reuters

Ha comentado que el concepto “movimientos sociales” se piensa desde un lenguaje positivo. ¿Cómo pensar los movimientos en resistencia desde una gramática negativa, pensados a partir de la crisis?

No me gusta la expresión “movimientos sociales” porque creo que diluye a los movimientos. Es un concepto que los positiviza y busca ubicarlos dentro de una imagen de un sistema político. Una imagen más o menos estable de un sistema político. En general son movimientos de resistencia, de enojo, de rebeldía, que están diciendo “¡No!” al sistema actual, que están tratando de abrir otras perspectivas y de crear otras formas de vivir, otras formas de relacionarse. 

¿Se puede hacer el intento por pensar sin determinar las cosas, es decir, pensar en lo no nombrable, en lo que aún no se ha dado?

Cuando pensamos, conceptualizamos, nombramos todo el tiempo; pero creo que es cuestión de pensar que estos conceptos o nombres se tienen que entender como pasos para abrir más allá. Entonces, reconocer en el mismo momento de nombrar, reconocer la insuficiencia de ese nombre, de ese concepto.

 ¿Qué implica pensar la gramática en negativo?

La gramática en negativo implica empezar desde un nosotros que existimos no sólo dentro de esta sociedad, sino también contra y más allá de la sociedad. El hecho mismo de vivir en una sociedad que no nos deja crecer como queremos, que no nos deja crear como queremos, implica que desde el nacimiento estamos moviéndonos en una relación de tensión con ella. En una relación, en un movimiento que empuja contra la sociedad y que sueña o busca crear algo que va más allá de la organización actual. Entonces, la gramática negativa es una gramática que piensa a partir de ahí.

¿De qué forma podemos crear nuevas relaciones sociales en un contexto de violencia?

Simplemente viendo lo que hace la gente todo el tiempo, tal vez incluso más en un periodo de violencia: tratamos de compensar construyendo otro tipo de relaciones en la cotidianidad. Hay como una reacción de decir “¡No!”. Es claro que eso no es lo que queremos hacer (la violencia). No es lo que queremos hacer en este mundo. Tal vez eso nos hace más conscientes de querer crear relaciones de reconocimiento mutuo, relaciones para jugar, para producir otro tipo de ambiente.

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Foto: Reuters

¿Las autodefensas también se pueden pensar de forma negativa?

Para mí, un movimiento negativo es un proceso de decir: “Nosotros ya no podemos permitir que nos vayan destruyendo el planeta y el futuro, la humanidad, tenemos que asumir nuestra propia responsabilidad”. Implica otra relación con la naturaleza. Es decir “ya basta” a la destrucción. Y yo creo que la gente tiene muchas formas de hacerlo. Obviamente está presente en los movimientos de autodefensa de Michoacán.

No conozco bien la situación y tengo la impresión de que es una situación muy complicada, veo difícil entender lo que están haciendo. Pero este movimiento es de “¡Ya basta!”, de “Vamos a apropiarnos y a reapropiarnos del mundo”. Es cuestión de decir: “Vamos a hacer las cosas de otra forma distinta”.

En su libro Agrietar el capitalismo plantea que la violencia es una forma de la dominación. Sin embargo, aclara que hay situaciones en las que es necesario armarse para defenderse. ¿Sigue pensando lo mismo ante la situación que vive México actualmente?

Sigo pensando lo mismo. No soy pacifista totalmente: en algunas situaciones me parece que tal vez sí sea necesario el uso de la violencia. El problema es que una vez que nos metemos en el uso de la violencia, también nos metemos a una lógica que no es nuestra, no es la lógica que queremos construir. Entonces, cualquier organización para la violencia me parece que realmente implica un camino muy peligroso.

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Foto: Reuters

¿Qué cuestiones de las autodefensas pueden ser problemáticas en cuanto a formas de reproducir la violencia?

No sé, lo tendría que pensar… supongo que realmente son movimientos muy contradictorios y también muy diferenciados unos de otros.

¿Cuál es el riesgo que observa en el hecho de que las luchas no se planteen un horizonte anticapitalista y de tratar de regresar a la organización comunitaria?

Creo que la crisis provoca una rabia, un descontento por todos lados y una forma de reacción que estamos viendo en Europa, y en todo el mundo, pero es una reacción fascista, es una reacción de enojo, de desesperanza, reacción que se dirige no sólo en contra del capital o de la forma de organización, sino de otras personas que se distinguen por su nacionalidad, su raza o… es un gran peligro. m